Hace no mucho, en mi trabajo como periodista me tocó cubrir la noticia sobre los altos índices de contaminación en Ciudad de México.
Por aquellos tiempos trabajaba en Radio Educación, una radiodifusora pequeña. La estación vivía o agonizaba, dependiendo del punto de vista, con el presupuesto que le otorgaba el gobierno federal.

Como todos sabemos, el gobierno no invierte en cultura ni en educación, así que diré que agonizaba.

Recuerdo que mi jefe me pidió cubrir la nota durante una semana, quería toda la información sobre la contaminación en la Megalópolis.

Trabajé en ello. Llamé al director de la Comisión Ambiental de la Megalópolis, no recuerdo su nombre, pero sí uno de sus apellidos. Lacayo.
También entrevisté a un ecólogo de la UNAM y a un político de poca monta que solo le daba color a mis notas.
Escribí a cerca de la contaminación durante una semana, siempre era la última noticia que leía el locutor del noticiario de la noche.

Así estuve durante dos semanas, hasta tenía un modelo patentado para escribir:

“Esta mañana amanecimos con “X” puntos IMECA en el valle de México, los especialistas señalan que, “inserte la frase más rebuscada para explicar el tema”, en la cámara de diputados ya trabajan en una nueva norma para reducir la contaminación, aseguran que “ponga una declaración para decir que lo hará pero aún no lo está haciendo”, mientras que Lacayo asegura que confían en que si los carros no salen a las calles, los índices de contaminación bajarán”, el remate de la nota era más absurda.

La siguiente semana repliqué el modelo otras cinco veces. En la redacción se reían porque decían que siempre me tocaba el “relleno“.

Yo pensaba en que algunos rellenos son ricos, por ejemplo, el relleno del pavo en Navidad, un chocolate relleno de tequila y hasta el interior de una almohada. Sin duda son rellenos ricos.

El tema de la contaminación seguía y al finalizar la semana, al gobierno de Ciudad de México se le ocurrió reducir los límites de velocidad, con el objetivo de bajar los índices de contaminación.

Esta acción provocó que hubiera más congestionamientos viales, mayores emisiones contaminantes y una gran recaudación de dinero  para el gobierno, pues a más de uno le llegó una multa hasta su casa por rebasar los límites de velocidad.

Por mi parte, tuve que regresar a escribir el “relleno”. Le llamé a Lacayo, al especialista y al político.
La afrenta de ser el relleno me tenía molesto, así que realicé una investigación más profunda. Encontré un estudio que entre otras cosas, concluía que: Vivir en la ciudad era igual a fumarse 10 cigarros al día.

Sin dudar, le llamé a Lacayo y fui directo.

–  ¿Considera grave que respirar en la ciudad equivalga a fumar 10 cigarros al día, qué está haciendo para que esto no suceda?

–  De algo nos tenemos que morir

Eso respondió el funcionario asignado para cuidar la calidad del aire que respiraban más de 20 millones de habitantes en la Megalópolis. Envíe el audio sin editar.

La radiodifusora más pequeña del cuadrante tenía la declaración del momento. Reflexioné sobre su respuesta y concluí que era lógica, pues sin duda de algo nos teníamos  que morir,  pero supuse que sería mejor morir de forma natural y no por respirar nata gris como la que se inhala en la ciudad.

La declaración escandalizaba, por ello se propagó por todos los medios. Resulta que fue tan fuerte el impacto que al otro día, el relleno ya era muy rico.

La gente llamaba para dar su opinión y quería más entrevistas, más declaraciones, más equivocaciones. Mi nota caía en el amarillismo, así que fui con mi jefe y le dije que era momento de que otra persona tomara esa nota,  pues yo no podía darle otra “dimensión”.

Esa tarde me llamaron de la redacción de un periódico de izquierda en donde siempre quise escribir. Me pidieron redactar la nota de la primera página del día siguiente. Era el mejor informado, dijeron.

Al amanecer mi nota estaba en la primera plana de un diario de circulación nacional, firmada por “redacción”. Con entusiasmo recorté la nota y al hacerlo noté dos faltas de ortografía. Eran graves.El-hombre-del-Relleno

Llamé al periódico para saber la forma de pago. No me pagaron. Son las ventajas de ser el hombre que escribe el relleno.

 

 

 

 


Gracias por seguirme, leer y compartir.

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