Hace 8 días y 3 años me sumergí en el metro. Pasé por las 12 líneas y los cientos de vagones, dormí en el suelo, a veces en los asientos y otras tantas en las escaleras.

Durante este tiempo estuve entre conocidos y vendedores, había otros como yo pero nunca llegué a conocerlos y entre tanta gente decidí perderme en tus recuerdos, fue por voluntad propia.

Escribía en los letreros del metro y discutía con la bocina que anuncia la siguiente estación, siempre la siguiente.

Le gritaba algo como: “Estoy en el sitio en donde pienso en ti, con mi eterna obstinación y anotando lo que siento que nos pasa, ¡aquí aunque no sea lo mejor! ¡cómo te extraño! y como tengo miedo de perderme entre mis pasos de extraviar en algún lado mis promesas y mis sueños… cuál será el mejor camino, todo me dicen éste te va a llevar”. Después gritaba hasta lastimar mi garganta, me ponía en cuclillas y luego solo lloraba en silencio.

En una de las tantas huidas me animé a salir, pero tú mejor que nadie, entiende lo que es el transborde y el desborde, las masas y los pasillos eternos que están conectados con túneles infinitos, esos que te llevan a la oscuridad.

En todo este tiempo mis mascotas fueron las ratas y las cucarachas. Miles de ellas se alimentaban de mis pesadillas en las noches donde me orinaba en mis pantalones dentro de un vagón lleno de frío, frío y nada más.

Pasé por miles de estaciones, tubos inertes y voces por todos lados. En este Meto nadie se queda ni se quedará, otro ‘no lugar’ creado por la modernidad. Vi las historias urbanas que son negadas, la gente debajo del metro tiene una comunidad “los ausentes”.metro_300713_g.jpg

En cada amanecer vi mí rostro en una ventana llena de rayones, lo poco que se refleja ya no lo reconozco.

Ése soy yo, un ser oscuro con uñas largas, cabello pegado al cuero, delgado y sucio, con aliento de amanecer  de ese que sabe a sangre de las encías, ahora tengo un gesto de aburrimiento y desesperación. El lenguaje se perdió entre todas las palabras que acepté y nunca repliqué.

Ahora me condenan y acepto la pena, la sentencia es vivir donde habita el olvido y soportar la sonrisa asquerosa de los que me dan una moneda, agua o una patada.

Si tan sólo supiera cómo salir de esta estación, podría visitarte y  dejar de evitarte este 14 de febrero.



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