Sal, mezcal, agua, mandarinas, flor de cempasúchil, mole, cañas, pan de muerto, papel picado, veladoras que proyectaban sombras en la pared. La foto de mi abuelo. La imagen de mi hermano; quien murió a los tres años. Un altar.

Eso fue algo de lo último que vi o, lo que me dejaron ver, al menos del mundo de los que respiran. Ahora sólo veo a los muertos. Conocidos y desconocidos. Los que se quedan y los que sólo vienen de paso.

Cuando era niño, contaban una leyenda; si te ponías las lagañas de los perros en los ojos, veías a los muertos, un día, Jaime, mi vecino, lo hizo, aga9345350821_cf22407553_mrró un poco de las lagañas de Huesos; su perro, nunca le pasó nada, sólo quedó en una infección de ojos que se le quitó en una semana.

Esa noche fue extraña. Primero de noviembre. Día de Todos los Santos. Dástan, mi perro, aulló como si fuera a morir alguien; dicen que lo hacen cuando sienten la muerte. También dicen que pueden ver el mundo de los muertos, de ahí la leyenda. Ladró en la puerta más de una hora. Yo estaba solo en la casa. Después de ver que un perro le ladra a la nada, llega el miedo.

-¡Cállate Dástan!- Grité un par de veces

Cuando me asomé por la ventana, Dástan estaba en la puerta que daba hacia la calle. Sus pelos estaban crispados, su cuerpo estaba listo para atacar, mis gritos no le quitaban la intensión de seguir alerta. Cuidaba la casa. Papá y mamá no llegarían hasta el día siguiente, habían ido a la procesión, en San Juan Teotihuacán. Después de un rato Dástan dejó de ladrar y de aullar.

perro ojo 03 bLas campanas de la iglesia, sonaron anunciando la misa de las diez, mencionarían a todos los difuntos, a los que se dedicaría la misa. Para Dástan, el sonido de las campanas fue la señal para entrar en acción. Se colocó en la puerta de la casa, se sentó viendo hacía la calle y los aullidos regresaron. – ¡Basta!- le dije, fue la última vez que tuve miedo.

Harto de los ladridos y los llantos de mi querido amigo, me coloqué en la puerta, junto a él, el viento soplaba, movía los arboles y provocaba un silbido siniestro, la curiosidad me ganó, quería ver lo que mi perro veía, tomé sus lagañas con mis dedos, las unte en mis

ojos, los cerré y abrí un par de veces, sentía como entraban. Un ardor me hizo llorar. La noche se volvió más siniestra, más oscura, más poblada. Corrí a lavarme los ojos.

El ardor se fue, después de meter la cara debajo del chorro de agua. Dástan seguía con su lamento, que ahora se escuchaba casi humano. Le dolía. Sufría. Regresé al cuarto en donde estaba la ofrenda. Las velas se veían diferentes, la flama que era cálida, ahora era azul, casi morada. Todo era más oscuro. Sentí entrar al mejor guardián que tuve. Detrás de él, una sombra. Mi abuelo estaba en la habitación, tomó mezcal y un poco de sal. Un niño llegó enseguida y se sentó en sus piernas: era mi hermano. Se veían tranquilos, felices. Dástan se enredó entre mis piernas y comenzó a temblar.

La realidad que veía, ya no era la que tú ves ahora. Salí al patio, el shock me llevó a pedir ayuda en un pueblo vacío. Las calles desiertas, las casas solas. -¡ayuda! ¡Estoy viendo el mundo de los muertos!- no obtuve respuesta236. Al pasar por la casa de la viuda Juana vi a su esposo, sentado en la hamaca, con su escopeta a un lado y un agujero en el pecho. Corrí. San Juan no estaba tan lejos, mis padres aún estarían ahí.

En las orillas del camino vi una camioneta con niños y mujeres con el rostro quemado; entendí que todos los muertos del pueblo estaban en dónde murieron. El ladrón que lincharon hace diez años. El padre de Joaquín; alcoholizado como siempre y con el cuchillo que le dio muerte enterrado en la espalda. Rubí; la estrangulada por su esposo. Llantos de niños. Sombras. Ojos de fuego.

Recuerdo que encontré a mis padres después de media hora de camino. Seguía viendo muertos, cientos salían de la iglesia. El escenario era aterrador. Polvo, luces tenues, seres que ya no pretendían regresar a donde pertenecían. Quizá aquí es a donde pertenecen. Siempre están aquí. Justo a tu lado, viendo como lees mi historia o cuidándote de los ojos de fuego. No recuerdo más de esa noche. Dástan fue sacrificado al amanecer.

A mi me vendaron los ojos, por supuesto no funcionó. Vi a los muertos hasta con los ojos cerrados. En días de sol. Cuando caía la lluvia. Siempre los veo. Me tuvieron vendado durante años, escondido en un cuarmoon-744184_640to, sin sol, sin aire fresco, sin miedo. Hoy que regreso a casa, puedo ver que mi

foto se agregó al altar, ahora además de mi abuelo y mi hermano, llego yo, con Dástan a mi lado. Aquí empieza mi noche, con un poco de mezcal y jugando con el papel picado. 


Gracias por estar y permanecer

Mezcal y nada más


Gracias por seguirme, leer y compartir.

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